jueves, 21 de octubre de 2010

“JORNADA SOBRE “EL DUELO CUANDO MUERE UN HIJO”


Viernes 5 de Noviembre de 2010 - 19.30 a 21 hs

Charla sobre Duelo – Abierto a la comunidad (Profesionales, padres, familiares, amigos, etc)
Dr. Carlos J. Bianchi



Sábado 6 de Noviembre de 2010 - 10 a 12,30hs

Taller de Reflexión para padres - Dr. Carlos J. Bianchi



Lugar: Centro Cultural “Bernardino Rivadavia”- Plaza Pinasco
San Martín 1050 – Rosario – Santa Fe

ENTRADA LIBRE Y GRATUITA

viernes, 24 de septiembre de 2010

Salto hacia nuestra dimensión espiritual

“Cuando los padres comienzan a darse cuenta, que nunca una persona que ha perdido un hijo volverá a ser la misma, que algo cambia para siempre, es aquí donde Renacer se abre al análisis existencial.

La respuesta es siempre la misma: el salto hacia nuestra dimensión espiritual, donde encontraremos los recursos necesarios para reinsertarnos en la sociedad a través de una vida productiva y plena de sentido.

Nos van a seguir pasando cosas en la vida, pero Renacer nos da esa fuerza, nos da esa visión tan maravillosa, tan fuerte, tan sabia de la vida, que hace que no importa lo que la vida nos presente a cada instante: vamos a poder y saber enfrentarlo, lo vamos a hacer, lo hacemos, lo hacemos cada día. En circunstancias diferentes, nos van a seguir pasando cosas, porque así es la vida y es la fortaleza y es la sabiduría que uno aprende en Renacer, la que nos ayudará a seguir viviendo una vida plena de sentido, no importa lo que ocurra.

Dentro nuestro hay recursos interiores tan fuertes, tan increíbles, que se descubren, justamente, frente a crisis como ésta y nos damos cuenta que se puede.

Hay cosas hermosas que uno descubre a partir de esto que nos pasó.

Cuando las circunstancias no pueden ser cambiadas, el sufrimiento le da un sentido nuevo a nuestras vidas, frente a nosotros mismos, frente a nuestros hijos, frente a la comunidad, frente a la vida, frente a la muerte, frente a Dios o como cada uno lo sienta.

Y a partir de ahí, vivir nuestra vida tratando de aceptarla tal como es, vivirla con coraje, no escapándose de ella, no ocultándose de ella, enfrentándola con valentía.

La tristeza es parte inevitable de lo que sentimos durante un tiempo y no podemos rechazarla; nosotros hemos llegado a un punto tal, que no queremos aceptar los sentimientos que no nos gustan, todo es “compre ya…”, “llame ya…”, “compre esto…” y hemos llegado a creer que hasta podemos “comprar” la ausencia o la cura de algunos sentimientos que no nos gustan, pero son nuestros; yo no puedo transferirle mi pena ni mi tristeza a otro, es mía, la tengo que vivir yo; ahora, ¿por qué voy a querer mis alegrías y voy rechazar mis tristezas? son mías, tengo que vivirlas, tengo que aprender a convivir con ellas.

Todos rechazan la muerte, pero la muerte entró en nuestras casas, nos dejó una cama vacía, nos dejó un lugar vacío en la mesa y ¿vamos a convivir hasta el día de nuestra muerte con un enemigo?, ¿vamos a vivir con un enemigo dentro de casa?, no podemos; tenemos que hacernos amigos; ésa es una tarea, una tarea propia.

Los sentimientos son parte de la naturaleza del hombre y la naturaleza cambia, un día está nublado, otro día hay sol, a veces viene un temporal por varios días y después el sol siempre vuelve a aparecer y la tristeza, eventualmente, algún día se va, pero, mientras tanto, veamos qué experiencias, qué vivencias me deja la tristeza, ¿cómo me cambia?, ¿en qué medida ese sentimiento que antes no lo tenía, en qué medida me cambia? ¿me hace más receptivo al dolor de los demás?, entonces, bienvenido sea, ¿me hace más solidario?, bienvenido sea.

Entonces, no es la tristeza en sí, sino lo que nosotros hacemos con la tristeza, podemos tirarnos en la cama, o podemos utilizarla para bien, eso depende de cada uno.

Siempre es nuestra la responsabilidad como viviremos nuestra vida, como la viviremos cada día.

Yo me levanto y elijo lo que cada día voy a hacer de mi vida; soy yo quien voy a proponerme llorar, porque el llanto es lo que yo siento por mi hijo o voy a levantarme con deseos de hacer algo en su homenaje que no sean las lágrimas.

Mi destino será transformarme en una mejor persona, más solidaria, más compasiva a raíz de la muerte de un hijo.”



Alicia Schneider Berti-Gustavo Berti

lunes, 6 de septiembre de 2010

Decidir ser feliz


En cierta ocasión durante un seminario para matrimonios, le preguntaron a un Hombre:

-'¿Te hace feliz tu esposa?',

¿Verdaderamente te hace feliz?

En ese momento la esposa levantó ligeramente el cuello en señal de seguridad, sabía que su esposo diría que sí, pués el jamás se había quejado durante su matrimonio.

Sin embargo el esposo respondió con un rotundo

- 'No...... no me hace feliz'

Y ante el asombro de la mujer... continuó:

- 'No me hace feliz... ¡Yo soy feliz!
El que yo sea feliz o no, eso no depende de ella, sino de mí.

Yo soy la única persona, de quien depende, mi felicidad.

Yo determino ser feliz en cada situación y en cada momento de mi vida, pues si mi felicidad dependiera...de alguna persona, cosa... ó circunstancia. ... sobre la faz de esta tierra, yo estaría en serios problemas.

Todo lo que existe en esta vida, cambia continuamente. ...... el ser humano, las riquezas, mi cuerpo, el clima, los placeres, etc. Y así podría decir una lista interminable.

A través de toda mi vida, he aprendido algo; decido ser feliz y lo demás lo llamo...experiencias, amar, perdonar, ayudar, comprender, aceptar, escuchar, consolar.

Hay gente que dice:

- No puedo ser feliz... porque estoy enfermo, porque no tengo dinero, porque hace mucho calor, porque alguien me insultó, porque alguien ha dejado de amarme, porque alguien no me valoró...

Pero...lo que no sabes es que....PUEDES SER FELIZ......

aunque... estés enfermo,

aunque... haga calor,

aunque... no tengas dinero,

aunque ...alguien te haya insultado,

aunque ...alguien no te amó , o no te haya valorado .

La vida es como andar en bicicleta,...te caes, solo si dejas de pedalear

SER FELIZ ES... UNA ACTITUD ANTE LA VIDA QUE CADA UNO DECIDE...!!! !!

domingo, 5 de septiembre de 2010

domingo, 29 de agosto de 2010

CAMINOS DEL DUELO

FRAG CHARLA DEL DR BIANCHI EN LUJAN (PARTE 5)

Entonces, algunos padres me visitan porque quedaron detenidos en un obstáculo en el camino del duelo, o me visitan también a veces, porque se empiezan a sentir bien.
Empiezan a llorar menos o recordar menos y se sienten desleales a sus hijos.
El duelo es una sucesión de momentos. Los más frecuentes son los momentos de tristeza, de bronca y luego, con el tiempo, los momentos de serenidad. Algunos padres consultan cuando empiezan a tener momentos de serenidad. Entonces, me dicen: “¿Cómo puede ser que yo esté sereno?”. “Hoy no me acordé de él”. “¿Cómo puede ser que pueda disfrutar de las cosas, entonces no lo quise?”. “¿Estoy siendo desleal a la memoria de mi hijo?”.
Esto lo sé porque ustedes tienen la amabilidad de escucharme, porque saben que yo pasé por este lugar. Yo ahora tengo muchos momentos de serenidad. Y ¿qué pasa? ¿no pienso en él? Entonces, ¿no será que yo no lo quise a Martín como yo creía que lo había querido? ¿Soy desleal?
No. Estoy convencido de que en los momentos serenos es cuando estoy más cerca de él; sin ninguna duda. ¿Por qué? Porque es como él quisiera verme. Ningún hijo se va a ir diciéndole a los que quedaron que lloren permanentemente, que no quieran más a nadie, que se dediquen a sufrir, que se vistan de negro, que no vuelvan a amar. Ningún hijo se iría dejándonos un legado de cómo hacer nuestro duelo de esa manera. Al contrario, quisieran, sí, que nosotros podamos volver a subirnos a la vida, a recuperar la serenidad. Por eso, en los momentos serenos estoy más cerca que nunca de mi hijo.
Yo les pido a las madres que escriban una carta que fuera hecha por su hijo, diciendo el hijo “cómo quisiera, mamá, que vos me dueles”. Hay madres que no se animan a escribirla. ¡Pícaras!: “No le puedo escribir porque no le podría hablar”; ellas saben que hacen una ostentación del dolor que no agrega nada. Y saben que el hijo nunca les escribiría eso que están haciendo. Algunas madres dicen: “no, eso es una estrategia, eso no sirve porque no sé qué me diría mi hijo”. Si alguien no sabe lo que el hijo le diría, ha conocido poco a su hijo. Y a mí no me vienen a escuchar padres que conozcan poco a su hijo, me vienen a escuchar padres que quieren mucho a sus hijos. ¿Qué provoca una crisis existencial, un derrumbe epistemológico?: la pérdida de un ser querido. La pérdida se instala entre lo inmensamente querido, pero hay padres que perdieron un hijo y no tuvieron una pérdida existencial. Ellos no vienen a grupos, eligieron otro camino: el olvido, la negación, dar vuelta la hoja.
También pregunto si hay otras pérdidas que provoquen crisis existencial o derrumbe epistemológico. Estoy convencido que sí. Hay viudos y viudas que realmente tuvieron una crisis existencial con la muerte de su pareja. No digo que siempre ocurra esto. Otras pérdidas pueden provocar crisis existencial. Conrad dice: “Es la pérdida del inmensamente querido o de una abstracción equivalente”. La pérdida de una ilusión, de nuestra patria. Y ¡cómo quedamos vacíos después de la crisis!, nos tenemos que re armar, volver a ser, recuperar la identidad.
En un principio, nos desconocemos a nosotros mismos. El mundo cambió. Uno siente que todo cambió, la gente cambió. Yo recuerdo el comienzo de uno de los cuentos de Borges, muy significativo, el Aleph. Allí él comienza hablando de la muerte de su amiga Beatriz Biterbo y él se da cuenta de que el mundo había empezado a abandonarlo.
Ustedes han leído libros sobre el duelo. Elisabeht Kubler Ross, en su libro “La rueda de la vida” habla de las distintas etapas del duelo. Personalmente, no coincido. Yo hablo de otras etapas.
La primera etapa del duelo es la negación. La segunda es la bronca, rabia, resentimiento. La envidia por la felicidad ajena: yo sentía bronca por ver otros chicos que seguían creciendo y Martín estaba muerto. Los chicos tenían novias, se casaban, hacían su vida. La envidia por la felicidad ajena, negación, bronca, resentimiento.
Después hay una etapa de extrañamiento, donde todo empieza a ser extraño. Yo también soy extraño a mí mismo. Hay cosas que antes no me gustaban y ahora sí. Estoy lejos de gente con la que antes estaba cerca. Y esto ocurre. Y nos obliga a reconocernos con una nueva identidad.
Etapa de las decisiones: en algún momento nos damos cuenta de que si tenemos que seguir vivos, no podemos seguir vivos del mismo modo. Algo tiene que cambiar en nosotros. Es la etapa de las decisiones porque aquí decidimos, negociamos, de alguna manera. Negociamos para ver cómo seguir, cómo volver a insertarnos a la vida.
Hacer el egocidio, hacer esa experiencia de las cartas que Martín me hubiera escrito, diciendo cómo querría que lo recordara me hace sentir bien, sereno. Eso es lo que me hace sentir bien, cuando cuido a sus hermanos, porque es lo que Martín hubiera querido.
Él quería que yo me suba a la vida y para subirse a la vida hay que dejar la cuota de desapasionamiento. Uno está desapasionado. “No hay nada que tenga que ver con Martín que me pueda interesar”. “Si no logro recuperar la cuota de apasionamiento, no puedo subirme al mundo”. Pero para eso, tengo que darme permiso. Porque, en general, los permisos me los da mi hijo. Soy yo el que no me los doy. Yo tengo que darme permiso para volver a vivir, a subirme a la vida.
La trascendencia al dolor. Es lo que me permite levantar la vista y verlos a ustedes. Yo, al principio, en plena egolatría, no veía a nadie. Ahora puedo hacerlo porque he trascendido al dolor y me he desapegado a la tiranía del pasado. No estoy apegado a los momentos más trágicos, al contrario, estoy apegado a los buenos recuerdos. Tengo el compromiso y la responsabilidad de acordarme de mi hijo porque él no puede hacerlo. Y sé que tengo que tener un proyecto de vida porque él quisiera que yo lo tenga.

OTROS OBSTACULOS EN EL CAMINO DEL DUELO

FRAG. DE LA CHARLA DEL DR. BIANCHI EN LUJAN (PARTE 4)


Hay otros obstáculos en el camino del duelo. Yo les decía que el duelo no es una patología, no es una enfermedad. La aflicción no es una depresión.
Pero si quedamos detenidos en alguno de los obstáculos del camino del duelo, sí podemos enfermarnos y sí podemos hacer un duelo patológico en la medida en que no podemos sortear los obstáculos.
El duelo es como una carrera de vayas. Hay que ir sorteando obstáculos. Aparece la culpa, la bronca, el resentimiento, el odio, la idealización, la inútil comparación con otros duelos, las escenas temidas, el inútil sentimiento de fidelidad a quien ya no está. Estos son obstáculos en el sentimiento del duelo que hay que ir superando.
El duelo es un sentimiento permanente, no tiene un tiempo cronológico. Es fácil ver esto. Si juntamos padres de diferentes tiempos cronológicos, no estamos todos iguales. No es como una operación, que a los 7 días posteriores te sacan los puntos y a los 15 días ya tenés actividad normal. El duelo no responde a un tiempo cronológico.
Alguien dijo que el tiempo es neutral, no pone ni quita; lo que hagas en el tiempo es lo que lo hace valioso. Me refiero a Edgar Grosman, en su libro “Vivir cuando un ser querido ha muerto”.
Yo creía mucho en la veracidad de esta frase al principio de mi duelo. Hoy no estoy tan convencido. En cierto modo, es verdad, y en cierto modo, no. Y creo que el tiempo no es neutral, el tiempo cronológico va generando cambios en nosotros, sin ninguna duda. Pienso que si el tiempo se hubiera detenido en esos 4 días que siguieron a aquel 17 de octubre de 1990, yo no hubiera podido seguir vivo de ninguna manera. Hubiera enloquecido. Ustedes piensen cómo estaban esos días, a la semana del fallecimiento de su hijo; nadie puede vivir dentro de una pesadilla. Uno tiene una pesadilla, la sufre, pero termina. Uno no se puede quedar viviendo dentro de la pesadilla.
Entonces, en este sentido no estoy de acuerdo, creo que el tiempo cronológico no es neutral. Además, fijémonos el cambio que tenemos nosotros con el paso de los años. No podemos decir que es neutral.
Pero sí estoy de acuerdo con que la respuesta al duelo es una respuesta activa y depende de lo que yo haga y de la respuesta que yo elijo, porque yo tengo que volver a darle un sentido a mi vida y yo soy el encargado de darle ese sentido.
Para otras corrientes filosóficas o religiosas, no es así. Pero dentro del existencialismo, la vida no tiene sentido per sé. Nosotros somos los encargados de darle ese sentido.
Y si somos capaces de darle el sentido ético de respetar al otro, somos capaces de vivir en una comunidad que sea justa. La Justicia es la única virtud que piensa en el otro. Lo justo es pensar lo que al otro le conviene y no lo que a mí me conviene, porque si no, no sería justo. Nosotros somos capaces de vivir en comunidad y de dar una respuesta ética y saludable.
La respuesta es otorgarle otra vez sentido a la vida.
Lo que yo sentía es igual a lo que sienten muchos papás y mamás. Hace 15 años que me encuentro con papás y mamás que perdieron hijos aquí y en el exterior y está ese derrumbe epistemológico, cuando a uno no le queda nada; uno queda vacío. ¿Qué dicen los papás? “Quedé vacío, me siento hueco”, “Siento que todo se derrumbó a mi alrededor”.
Yo acostumbro hacer algo que los que me consultan, saben de qué se trata. Yo digo que el campo afectivo donde lo podemos tener, ver, etcétera, está compuesto de distintos afectos. Cuando muere un hijo, no puedo dar una respuesta racional, mirar el campo afectivo y ver lo que quedó. El hijo que muere siempre es el único, porque es hijo único o porque hay 10 hijos más, pero él murió y el hijo que muere es el único. Ese hijo nos dejó vacío el campo afectivo. Acá no quedó nada.
Luego, en la respuesta ética que somos capaces de dar, vamos a ir repoblando otra vez el campo afectivo, con el amor que vayamos dando a los vivos que nos rodean. Porque el que no está –el que murió– nunca nos diría que nos dediquemos solamente a recordarlo a él y que no nos dediquemos a los vivos.
Nosotros podemos ir repoblando nuestro campo afectivo.
¿Qué otras cosas me dicen los papás que me visitan en el momento del derrumbe emocional? Lo habitual es que digan: “Mi vida no tiene sentido”, “Vivo porque no me animo a matarme”, “Vivo con el piloto automático”, “Voy y vengo, pero ya nada me interesa”.
La pérdida del sentido de la vida está relacionada a que “él se fue y se llevó el sentido de mi vida”. Y nosotros nos quedamos con esa frase. Pero yo no puedo decirle: “No, no es cierto. No se llevó el sentido de su vida”. No puedo decirle eso porque tal vez sea cierto. Además, no puedo ayudarlo porque no puedo devolverle a su hijo. La única forma de recuperar el sentido de la vida sería devolverle el hijo. Partamos de la base de que si digo que alguien perdió el sentido de la vida… Cambiemos la palabra.
La muerte de un hijo no tiene sentido, pero tiene una enorme significación. El significado es terrible y trágico, pero es un significado. Y ese significado se puede resignificar. Vamos a partir de ese significado trágico para resignificar su vida a través del propio esfuerzo. Hay cosas que nadie puede hacer por uno.
El duelo es un proceso activo. No te cruces de brazos esperando que el tiempo lo devuelva, porque no es así. Vos vas a encontrar la respuesta, pero tenés que hacer el egocidio. Vos no sos el protagonista, el protagonista es el muerto. No le quites el protagonismo a tu hijo. Yo sé que sufrís, pero el protagonista es tu hijo. Mirá los cambios que hiciste en vos. Sos otra persona.
Padres y madres vienen a visitarme en el momento del derrumbe epistemológico. También me visitan en otras instancias del duelo, cuando en general no pueden superar un obstáculo en el camino del duelo, cuando se quedaron empantanados frente a la culpa, a la bronca, al resentimiento, a la idealización o a un inútil sentimiento de fidelidad a quien ya no está.
No es necesario que hagamos una ostentación del dolor. Eso le daría la razón a la sociedad, que dice que somos discapacitados. ¿Para qué voy a hacer una ostentación del dolor? Lloro de punta a punta. ¿Para qué sirve esa ostentación del dolor? ¿Qué quiero demostrar, que yo quise a mi hijo, que si no lloro, no lo quise?
No tengo nada que demostrarle a nadie. Nadie pide cuenta de ustedes. Tenemos que recordar a nuestros hijos sí, con una lágrima, pero con dignidad. Esa ostentación del dolor es mezquina y egoísta. Es de alguien que está centrado en sí mismo y no en el que murió. No podemos hacer un protagonismo del dolor. Tenemos que tener respuestas dignas frente a la muerte.

EL DUELO COMO UN PROCESO


CHARLA DEL DR. BIANCHI EN LUJAN (PARTE 3)

Yo defino al duelo como un proceso. Un proceso es una sucesión de etapas. Cualquiera de ustedes sabe que uno va cambiando día a día, que no siempre está igual. Incluso, muchas veces, uno no está igual dentro del mismo día. Uno tiene grandes cambios. Entonces, el proceso del, duelo es la respuesta emocional normal frente a toda pérdida significativa. Decimos que no es una patología, no es una enfermedad. Es una respuesta que se extiende en el tiempo.

Ésta es una pregunta interesante: ¿el duelo finaliza?, ¿termina el duelo? En algunas escuelas psicoanalíticas se habla del final del duelo. Pero no hay tal final del duelo. El duelo es un sentimiento permanente. Los que estamos de duelo por haber perdido un ser entrañablemente querido, seguiremos estando de duelo hasta que nosotros vivamos. Entonces, ¿el duelo es un sentimiento permanente?

No es un sufrimiento permanente, en la medida en que nosotros podamos dar una respuesta saludable que nos permita volver a otorgar un sentido a nuestra vida que, de algún modo, es otorgarle un sentido a la muerte de un hijo.

Cuando la psiquiatría habla del final del duelo, de acuerdo a mis condiciones, y a lo que yo escribo, el final del duelo sería cuando uno logra el desapego. Es decir, cuando uno logra desprenderse de la tiranía del pasado y unir dentro de uno el recuerdo cariñoso de ese hijo que no está, con nuestro propio proyecto de vida. Cuando nosotros podemos volver a caminar. Y lo que podemos caminar y hacia dónde caminamos está íntimamente relacionado con ese hijo que físicamente no está, que ha producido cambios tan importantes en nosotros.

Yo creo que cuando se llega al desapego, cuando uno logra desprenderse de la tiranía del pasado y hace coincidir dentro de uno el recuerdo cariñoso de quien no está con nuestro propio proyecto de vida, es lo que la psiquiatría llama final del duelo.

El duelo es un sentimiento permanente.

Es nuestro compromiso el que sea un sentimiento permanente. Nosotros tenemos el enorme compromiso y la responsabilidad de sostener el vínculo amoroso que tuvimos con ese hijo o hija. Ellos no pueden hacer nada para ayudarnos, para que los recordemos, para que no los olvidemos. El compromiso y responsabilidad es del doliente, del que quedó. “Voy a hacer mi vida y seguir adelante”, pero con el recuerdo permanente y cariñoso de quien no está.

Esa situación de desapego va unida a la trascendencia al dolor. Trascender al dolor es hacer el egocidio, dejar el egocentrismo, levantar la vista y ver que a él también le duele. Trascender el dolor.

Por eso, para la Logoterapia –que es una de las escuelas psicoanalíticas que hay, la única que parte desde un concepto de alteridad, de respeto y conocimiento por el otro– el hombre que supera el dolor y llega al dolor de los demás, trasciende como ser humano. Nuestros hijos también trascienden su muerte física. Esa es nuestra responsabilidad y compromiso.

Ellos están en nosotros. Ellos nos ocupan, están en nosotros.

Ustedes ven que, al principio del duelo, cuando uno pierde algo, lo quiere encontrar, lo quiere recuperar. Cuando uno pierde un ser tan querido, lo busca para recuperarlo. “¿Dónde está?”. “¿Está en el cementerio?” y hay gente que va muy seguido al cementerio; así como hay otros que no fueron más que el día que lo llevaron al cementerio y no volvieron más. Mucha gente va mucho al cementerio porque está buscando a su hijo; creen que está allí. Yo iba mucho al cementerio al principio. Estaba muy confundido. Sin tener nada claro. Yo lo buscaba entrañablemente en el cementerio.

O no querer que se modifique nada de la habitación donde él vivía, en casa, porque para mí él estaba en su ropa, en sus camperas. Durante un tiempo, indudablemente tenían el olor de él. Entonces, uno lo busca, se abraza a una campera, o va al cementerio.

Yo creo que después, con el tiempo, los dolientes nos vamos dando cuenta de que no está en el cementerio. Además esto se puede comprobar fácilmente. Si ustedes van a un cementerio, van a ver que hay tumbas con flores y tumbas sin flores. Nada más lean las fechas y van a ver que las flores están en tumbas bastante recientes. No tengan duda de que hay muchas tumbas sin flores y cuando ven la fecha, son las más antiguas. La de Martín, por ejemplo, no tiene flores, y al principio estaba llena de flores. No sólo iba yo, sino mucha gente que lo quería. Pero la vida continúa para todos. Las flores menudean, cada vez hay menos, y las visitas al cementerio también van siendo menos.

Creo que no está mal que esto ocurra. Yo puedo ir menos o no ir, o ir esporádicamente porque yo siento que él está conmigo. Finalmente, lo he puesto ya no en la campera o en la ropa o en la habitación que él tenía; él está conmigo. Es decir que siento que voy y vengo y viajo con él. Por eso pude no ir más al cementerio. Por eso pude mudarme. Yo no quería mudarme porque la habitación de Martín era como un museo, yo no podía pensar en separarme de su habitación.

Cuando uno se da cuenta de que la muerte no es una ausencia, sino una presencia distinta y que ese ser que ha muerto no tiene objeto sustitutivo, pero nosotros lo podemos recuperar en otra dimensión, donde sí sigue existiendo, trasciende su muerte física dentro de lo que lo queremos.

Bueno, no sólo va menos gente al cementerio, con el tiempo también hay gente que a lo mejor nos visitaban, nos visitan menos o no quieren que hablemos de nuestros hijos. Por eso, durante un tiempo, el concurrir a un grupo de ayuda mutua, donde uno puede libremente recordar cosas de sus hijos creo que es algo necesario porque las puertas se van cerrando, si no.

Un grupo de ayuda mutua es un buen lugar. No es el único. Es un buen lugar. También conozco papás y mamás que no participaron de grupos de ayuda mutua y pudieron dar una respuesta valiente y saludable a la muerte de un hijo dentro de un proceso terapéutico; o llevados por su sistema de creencias; o un sacerdote los pudo ayudar.

De lo que sí estoy convencido es que el peor duelo es el duelo solitario. Nosotros tenemos que tener con quien poder hablar de nuestro hijo y recordar situaciones. En general, con el tiempo, podemos ir recordando situaciones alegres, situaciones risueñas. Podemos recordar, a lo mejor, a nuestro hijo con una sonrisa, porque algunos hemos tenido la suerte de disfrutar muchos momentos felices. Y de eso es de lo que nos tenemos que asir. De esos momentos felices.

Gabriel García Márquez dijo: “La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y atesora los buenos, y es gracias a ese artilugio que logramos sobrellevar el pasado”. Creo que es así, creo que es cierto.

Lo que uno extraña son los momentos felices del vínculo. Los momentos que se acompañaron con una sonrisa, un abrazo.

Describo en el libro, cuando hablo de los obstáculos y vicisitudes en el camino del duelo, que uno de esos obstáculos son las escenas temidas, son los momentos que siguen a la muerte: el velatorio, el entierro, la Morgue. Lamentablemente tuve que pasar por todas estas experiencias. Fueron dos o tres días que durante mucho tiempo me obsesionaron y me despertaban a la noche. Esas son las escenas temidas. No tiene sentido que les cuente esos tres días, pero se los podría contar sin mayor emoción porque es no es lo que yo extraño de Martín. Además, ¿quién extraña un velatorio?

Uno extraña los momentos felices. Me parece que Joseph Conrad tiene razón, nosotros tenemos que quedarnos con el recuerdo permanente y cariñoso de los momentos felices que pudimos haber disfrutado con ellos y de esa manera, entonces, el comentario acerca de nuestro hijo se puede acompañar de una sonrisa, de un momento de paz y serenidad.