Hemos trabajado con el convencimiento que, al enfrentarnos a situaciones límites nos damos cuenta, quizá por primera vez, que somos seres históricos, envueltos en nuestro propio devenir, que la historia ya realizada no puede ser cambiada, que no tiene sentido continuar rumiando eternamente sobre ese pasado, y que la salida existencial yace por delante nuestro, en lo que aún queda por realizar de nuestro futuro, en otras palabras, que la única manera de eliminar la oscuridad es dejando que entre la luz.
Así a lo largo de este trabajo con padres sufrientes y grupos de ayuda mutua hemos tratado de trasmitir la idea de algo común a todos los grupos de ayuda mutua: esto es que todos tienen que ver con el sufrimiento humano, más allá del origen de ese sufrir y que, por lo tanto, deben estar orientados hacia el hallazgo de sentido a ese sufrimiento, que el objetivo común no debe ser no sufrir, sino no sufrir en vano, que deben ayudar a sus integrantes, no a trabajar con los hechos del pasado que no pueden ser cambiados, sino a abrirse a ese mundo en el que esperan posibilidades aún latentes en sus vidas, que deben ayudarlos a elegir correctamente entre todas las posibilidades, que deben encontrar las opciones con sentido, que deben emprender el camino, el único camino con sentido que esta conmoción existencial les plantea: el camino final de humanización.
(Del mensaje de Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos:: En Esencia y fundamentos de Renacer como grupo de Ayuda Mutua)
Grupo de Ayuda Mutua entre padres que enfrentan la muerte de hijos (espacio para dejar comentarios y testimonios)
jueves, 31 de marzo de 2011
martes, 29 de marzo de 2011
Un regalo a los hijos con la propia vida
Cuando se pierde un hijo, la vida se da vuelta como un guante de goma que uno se saca de la mano, como los guantes finitos de los cirujanos que la única manera de sacárselos es dándolos vuelta, todo lo que estaba afuera queda adentro y todo lo que estaba adentro quedó afuera.
Así comienza a ser la vida para nosotros.
Cuando viene un aniversario, cuando viene un cumpleaños, sobre todo cuando viene el día del padre o de la madre, un lamento frecuente es “no tengo a mi hijo que me haga un regalo”.
Entonces hay que ponerse en ese el lugar que se ha dado vuelta, porque ahora somos nosotros los que tenemos que hacerle un regalo a ese hijo, tenemos que regalarle lo único que tenemos para regalarle que es nuestra vida y la manera como vivimos ese día.
Antes, cuando los chicos estaban, nosotros veíamos la vida a través de sus ojos, ahora ellos ven la vida a través de nuestros ojos y la obligación que tenemos nosotros es qué les vamos a dejar ver a través de nuestros ojos.
¿Les vamos a dejar ver todas las miserias, todas las penas, todo lo feo o vamos a dejarles ver la belleza que todavía tiene la vida?
Seguimos siendo responsables y el papel se dio vuelta y ahora en mi día, soy yo el que tengo que hacerle un regalo a mi hijo, con la manera como vivo ese día.
Hablando de regalos, hay mamás que tejen ajuares enteros y el día del cumpleaños del hijo o de su partida, llevan estos ajuares y personalmente los dan a mamás que han dado a luz en los hospitales necesitados; otros papás celebran el día del niño con todos los chicos amigos del hijo. ¡Hay tantas cosas para hacer! ¿Para qué quedarme en mi dolor?, ¿para qué revolverme en la tristeza?
(Del Mensaje de Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos: En Renacer Congreso – Montevideo, Uruguay año 2006)
Así comienza a ser la vida para nosotros.
Cuando viene un aniversario, cuando viene un cumpleaños, sobre todo cuando viene el día del padre o de la madre, un lamento frecuente es “no tengo a mi hijo que me haga un regalo”.
Entonces hay que ponerse en ese el lugar que se ha dado vuelta, porque ahora somos nosotros los que tenemos que hacerle un regalo a ese hijo, tenemos que regalarle lo único que tenemos para regalarle que es nuestra vida y la manera como vivimos ese día.
Antes, cuando los chicos estaban, nosotros veíamos la vida a través de sus ojos, ahora ellos ven la vida a través de nuestros ojos y la obligación que tenemos nosotros es qué les vamos a dejar ver a través de nuestros ojos.
¿Les vamos a dejar ver todas las miserias, todas las penas, todo lo feo o vamos a dejarles ver la belleza que todavía tiene la vida?
Seguimos siendo responsables y el papel se dio vuelta y ahora en mi día, soy yo el que tengo que hacerle un regalo a mi hijo, con la manera como vivo ese día.
Hablando de regalos, hay mamás que tejen ajuares enteros y el día del cumpleaños del hijo o de su partida, llevan estos ajuares y personalmente los dan a mamás que han dado a luz en los hospitales necesitados; otros papás celebran el día del niño con todos los chicos amigos del hijo. ¡Hay tantas cosas para hacer! ¿Para qué quedarme en mi dolor?, ¿para qué revolverme en la tristeza?
(Del Mensaje de Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos: En Renacer Congreso – Montevideo, Uruguay año 2006)
Renacer es una actitud de vida
Si en un grupo de ayuda mutua permanecemos en el análisis y elaboración de la causa del sufrimiento y de los síntomas y emociones por él provocadas, el análisis de la propia existencia es imposible.
Si, por el contrario, nos reunimos para ver qué podemos hacer con lo que nos pasa, entramos de lleno en el plano del análisis de la propia existencia y nos vemos obligados a trabajar con los fenómenos humanos, en lugar de trabajar con categorías tales como antes y después o síntomas, trabajaremos con las dimensiones de lo mejor y lo peor, entonces se hace patente que el sufrimiento no es una enfermedad sino una condición existencial del ser humano al que se le abren perspectivas enteramente nuevas.
En última instancia, Renacer es una actitud de vida. Porque Renacer no es únicamente ir a las reuniones, yo siempre doy un ejemplo, si yo voy a una reunión y hablo y digo muchas cosas lindas y después cuando salgo, le pego una patada a un perro, eso también es Renacer, si tengo un negocio y estafo a alguien, también es Renacer, entonces, uno dice que debe ser una actitud de vida, pues de esa manera yo creo serle fiel a mi hijo.
Si nosotros vivimos mirando lo más alto posible, debemos tratar de llegar lo más alto posible.
Entonces, uno podrá decir: esta tragedia no fue en vano, perder un hijo no fue una cosa inútil, no fue una tragedia sin sentido.
Así es como nosotros lo vemos.
(Del Mensaje de Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos: En “La Ayuda Mutua como factor de renovación cultural, moral y social” y en Encuentro en Montevideo febrero 2001)
Si, por el contrario, nos reunimos para ver qué podemos hacer con lo que nos pasa, entramos de lleno en el plano del análisis de la propia existencia y nos vemos obligados a trabajar con los fenómenos humanos, en lugar de trabajar con categorías tales como antes y después o síntomas, trabajaremos con las dimensiones de lo mejor y lo peor, entonces se hace patente que el sufrimiento no es una enfermedad sino una condición existencial del ser humano al que se le abren perspectivas enteramente nuevas.
En última instancia, Renacer es una actitud de vida. Porque Renacer no es únicamente ir a las reuniones, yo siempre doy un ejemplo, si yo voy a una reunión y hablo y digo muchas cosas lindas y después cuando salgo, le pego una patada a un perro, eso también es Renacer, si tengo un negocio y estafo a alguien, también es Renacer, entonces, uno dice que debe ser una actitud de vida, pues de esa manera yo creo serle fiel a mi hijo.
Si nosotros vivimos mirando lo más alto posible, debemos tratar de llegar lo más alto posible.
Entonces, uno podrá decir: esta tragedia no fue en vano, perder un hijo no fue una cosa inútil, no fue una tragedia sin sentido.
Así es como nosotros lo vemos.
(Del Mensaje de Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos: En “La Ayuda Mutua como factor de renovación cultural, moral y social” y en Encuentro en Montevideo febrero 2001)
domingo, 27 de marzo de 2011
Sobre los miedos
Los miedos son un sentimiento muy fuerte después de la partida de los hijos que tenemos que aprender a manejar.
Surgen todo tipo de miedos, quizá, miedo a que les pase algo a los hijos que nos quedan, miedo de los hermanos a que les pase algo a los padres, miedo, a veces, cuando nos enfrentamos a la posibilidad de nuestra propia muerte o la muerte de los seres que nos rodean y que queremos y, a lo mejor, estamos con otros miedos y rogamos que la vida no nos mande más nada que nos cause dolor y resulta que no es así.
Muchas veces hemos visto a lo largo de estos años que el miedo de los padres se relaciona directamente con la causa de la muerte del hijo o de los hijos, si fue un accidente, tienen miedo que los chicos estén en la ruta, si es una enfermedad van a tener miedo a cualquier resfrío que el hijo o la hija tenga y si es por violencia van a tener miedo de que salgan a la puerta de la calle y si es suicidio van a tener miedo si el hijo tiene algún síntoma de que ese día no se siente bien anímicamente.
Entonces, los miedos están relacionados, muchas veces, con la causa de la partida de los hijos, estemos atentos a esto, esto puede ser así, no necesariamente va a ser en todos los casos, pero en el caso que así sea, sepan que es normal, es natural tenerlos, pero no podemos dejar que ese miedo se convierta en el que maneje mi vida.
Yo persona, yo ser, yo manejo mi vida, al miedo lo llevamos de copiloto y lo vamos manejando hasta que el miedo vaya perdiendo importancia y mientras hagamos cosas con sentido en nuestra vida y nos ocupemos de cosas significativas para nuestra vida, esos miedos irán perdiendo importancia y nos van a permitir vivir.
(Del Mensaje de Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos: En Renacer San José, Uruguay – Reunión con padres)
Surgen todo tipo de miedos, quizá, miedo a que les pase algo a los hijos que nos quedan, miedo de los hermanos a que les pase algo a los padres, miedo, a veces, cuando nos enfrentamos a la posibilidad de nuestra propia muerte o la muerte de los seres que nos rodean y que queremos y, a lo mejor, estamos con otros miedos y rogamos que la vida no nos mande más nada que nos cause dolor y resulta que no es así.
Muchas veces hemos visto a lo largo de estos años que el miedo de los padres se relaciona directamente con la causa de la muerte del hijo o de los hijos, si fue un accidente, tienen miedo que los chicos estén en la ruta, si es una enfermedad van a tener miedo a cualquier resfrío que el hijo o la hija tenga y si es por violencia van a tener miedo de que salgan a la puerta de la calle y si es suicidio van a tener miedo si el hijo tiene algún síntoma de que ese día no se siente bien anímicamente.
Entonces, los miedos están relacionados, muchas veces, con la causa de la partida de los hijos, estemos atentos a esto, esto puede ser así, no necesariamente va a ser en todos los casos, pero en el caso que así sea, sepan que es normal, es natural tenerlos, pero no podemos dejar que ese miedo se convierta en el que maneje mi vida.
Yo persona, yo ser, yo manejo mi vida, al miedo lo llevamos de copiloto y lo vamos manejando hasta que el miedo vaya perdiendo importancia y mientras hagamos cosas con sentido en nuestra vida y nos ocupemos de cosas significativas para nuestra vida, esos miedos irán perdiendo importancia y nos van a permitir vivir.
(Del Mensaje de Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos: En Renacer San José, Uruguay – Reunión con padres)
Sobre la culpa
La mayoría de los padres se acercan al grupo Renacer con sentimientos de culpa a veces muy indefinidos, a veces puntuales. Sabemos que este sentimiento es, en la mayoría de los casos, injustificado, pero debemos esclarecerlo para que el padre logre ver el error de concentrar valiosas energías en un camino sin retorno.
Dice Elisabeth Lukas, que la culpa es una parte esencial de la vida humana, es natural sentirla, pero también debemos saber que, como todo aspecto de la vida humana, tiene un sentido, y una cualidad redentora inherente a ella.
Cuando una persona se lamenta: “Si hubiera hecho...”, “si hubiera sabido...”, “si le hubiera dado...”, “si no le hubiera dado...” Debemos recordarle que siempre hicimos y vivimos de la mejor manera que supimos y pudimos. Seguramente, no quisimos herir o causar daño alguno, todo lo que hicimos creímos hacerlo porque así debía ser. Somos humanos, y como tales, cometemos errores.
Aún así, algunas personas persisten en sus sentimientos de culpa, y es útil saber que hay en ella un potencial positivo, esa cualidad redentora a la que nos referíamos; la que nos permitirá admitir nuestros errores pero saber también que con ese reconocimiento va implícita la oportunidad de resolverla a través del cambio para bien.
Regresar a las causas de nuestro comportamiento en determinadas circunstancias es inútil. Para Lukas existen cosas más importantes que hacer que desenterrar errores del pasado; el presente debe ser utilizado y el futuro planeado”, esto nos recuerda una frase de Séneca: “El hombre feliz archiva su pasado, pone en orden su presente y está en condiciones de reformar su futuro cuantas veces crea necesario”
Nosotros compartimos plenamente este criterio, de aquí se desprende que el “trabajar” y “elaborar” los sentimientos negativos, reactivando momentos dolorosos, no sólo no es positivo sino que impide que se vea con claridad cuales son las opciones hoy.
El pasado no puede ser cambiado, pero lo que existe aún, es la libertad de elegir la actitud con que enfrentaré el futuro.
El perdonarse y perdonar nos permitirá trascender el sufrimiento egoísta, el camino sin retorno, para elevarnos por encima de lo mezquino e inmediato, en alas de las fuerzas indomables del espíritu, más allá del horizonte, hacia una vida plena de sentido.
El perdón nos libera, rescatando lo mejor de nosotros mismos.
Cuanto cambie la vida, será el resultado de haber aprendido de los errores, y de esa decisión personal de continuar con firmeza y dignidad en esta empresa de vivir la propia vida, tal y como nos ha sido dada.
Momentos como éstos, en que un ser sufriente logra alcanzar la paz interior a través del perdón, es capaz de generar los más bellos y profundos sentimientos y reflexiones por parte de los demás integrantes del grupo, aun de los recién llegados, muchos de los cuales ven desaparecer su propia sensación de culpa ante este acto supremo de valentía y amor de quién tomó la opción liberadora del perdón.
(Del Mensaje de Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos: (Niveles por los cuales pueden transitar los integrantes de un grupo)
Dice Elisabeth Lukas, que la culpa es una parte esencial de la vida humana, es natural sentirla, pero también debemos saber que, como todo aspecto de la vida humana, tiene un sentido, y una cualidad redentora inherente a ella.
Cuando una persona se lamenta: “Si hubiera hecho...”, “si hubiera sabido...”, “si le hubiera dado...”, “si no le hubiera dado...” Debemos recordarle que siempre hicimos y vivimos de la mejor manera que supimos y pudimos. Seguramente, no quisimos herir o causar daño alguno, todo lo que hicimos creímos hacerlo porque así debía ser. Somos humanos, y como tales, cometemos errores.
Aún así, algunas personas persisten en sus sentimientos de culpa, y es útil saber que hay en ella un potencial positivo, esa cualidad redentora a la que nos referíamos; la que nos permitirá admitir nuestros errores pero saber también que con ese reconocimiento va implícita la oportunidad de resolverla a través del cambio para bien.
Regresar a las causas de nuestro comportamiento en determinadas circunstancias es inútil. Para Lukas existen cosas más importantes que hacer que desenterrar errores del pasado; el presente debe ser utilizado y el futuro planeado”, esto nos recuerda una frase de Séneca: “El hombre feliz archiva su pasado, pone en orden su presente y está en condiciones de reformar su futuro cuantas veces crea necesario”
Nosotros compartimos plenamente este criterio, de aquí se desprende que el “trabajar” y “elaborar” los sentimientos negativos, reactivando momentos dolorosos, no sólo no es positivo sino que impide que se vea con claridad cuales son las opciones hoy.
El pasado no puede ser cambiado, pero lo que existe aún, es la libertad de elegir la actitud con que enfrentaré el futuro.
El perdonarse y perdonar nos permitirá trascender el sufrimiento egoísta, el camino sin retorno, para elevarnos por encima de lo mezquino e inmediato, en alas de las fuerzas indomables del espíritu, más allá del horizonte, hacia una vida plena de sentido.
El perdón nos libera, rescatando lo mejor de nosotros mismos.
Cuanto cambie la vida, será el resultado de haber aprendido de los errores, y de esa decisión personal de continuar con firmeza y dignidad en esta empresa de vivir la propia vida, tal y como nos ha sido dada.
Momentos como éstos, en que un ser sufriente logra alcanzar la paz interior a través del perdón, es capaz de generar los más bellos y profundos sentimientos y reflexiones por parte de los demás integrantes del grupo, aun de los recién llegados, muchos de los cuales ven desaparecer su propia sensación de culpa ante este acto supremo de valentía y amor de quién tomó la opción liberadora del perdón.
(Del Mensaje de Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos: (Niveles por los cuales pueden transitar los integrantes de un grupo)
jueves, 24 de marzo de 2011
Sobre los sentimientos
El sentimiento es una manera, humana de ser en el mundo, es la manera en que nos encontramos en sintonía con aquellos seres que no somos nosotros y con el ser que somos nosotros mismos.
Estamos siempre, continuamente, experimentando algún sentimiento, o estamos en un cierto estado de ánimo; es imposible no hacerlo.
En realidad, los sentimientos son los que nos hacen sentir que existimos, de que somos.
A través de los sentimientos se abre un estado que permanece abierto, mediante el cual nos relacionamos con las cosas, con nosotros mismos y con aquellos que nos rodean, todo simultáneamente; son el verdadero estado, abierto a sí mismo, en el que fluye nuestro ser ahí, nuestro ser en el mundo, son, en otras palabras, los estados merced a los cuales tomamos una postura con nosotros mismos.
El hombre no es una criatura racional, está equipado con sentimientos, ya sea que éstos lo hagan admirable o despreciable, el estado de sentimientos es original en el hombre de una manera tal, que la voluntad y el pensamiento permanecen junto a él.
Es propio de los sentimientos su capacidad de abrirse y permanecer abiertos aunque algunos, en especial aquellos que llamamos de felicidad o alegría, tienen también la capacidad de “cerrarse”.
Tomemos, por ejemplo, el sentimiento de felicidad que produce la boda inminente de un hijo; perdura desde el momento en que se nos notifica, durante los preparativos y la ceremonia y puede hacerlo aún durante la luna de miel pero con el tiempo desaparece y si bien podemos seguir contentos porque se haya casado, ya no nos produce ese sentimiento tan particular.
Hay otros sentimientos como el de estar en armonía con la vida que pueden perdurar indefinidamente, desaparecer durante crisis para reaparecer espontáneamente una vez que la crisis ha pasado.
Existen, entre otros, sentimientos de fortaleza, de debilidad, de vergüenza, de timidez. Hay, además, sentimientos de paz, de pena. En éste último podríamos intercambiar, con el mismo significado el sentimiento de tristeza y de dolor no físico. Los sentimientos de pena suelen ser, por naturaleza, más persistentes que los de felicidad.
Nosotros no podemos ser en el mundo sin un estado de sentimiento determinado. Heidegger ha dicho que aún el no sentir nada por nadie, como se dice vulgarmente el “no tener miramientos para nadie” es un estado de sentimiento caracterizado precisamente por “un no tener miramientos para nadie”. Esto adquiere importancia al darnos cuenta que un sentimiento no puede desaparecer sino es reemplazado por otro.
Es aquí, entonces, donde adquiere pleno significado el decir que para eliminar la oscuridad sólo hay que dejar entrar la luz.
(Del Mensaje d Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos: En “La Ayuda Mutua como factor de renovación cultural, moral y social”)
Estamos siempre, continuamente, experimentando algún sentimiento, o estamos en un cierto estado de ánimo; es imposible no hacerlo.
En realidad, los sentimientos son los que nos hacen sentir que existimos, de que somos.
A través de los sentimientos se abre un estado que permanece abierto, mediante el cual nos relacionamos con las cosas, con nosotros mismos y con aquellos que nos rodean, todo simultáneamente; son el verdadero estado, abierto a sí mismo, en el que fluye nuestro ser ahí, nuestro ser en el mundo, son, en otras palabras, los estados merced a los cuales tomamos una postura con nosotros mismos.
El hombre no es una criatura racional, está equipado con sentimientos, ya sea que éstos lo hagan admirable o despreciable, el estado de sentimientos es original en el hombre de una manera tal, que la voluntad y el pensamiento permanecen junto a él.
Es propio de los sentimientos su capacidad de abrirse y permanecer abiertos aunque algunos, en especial aquellos que llamamos de felicidad o alegría, tienen también la capacidad de “cerrarse”.
Tomemos, por ejemplo, el sentimiento de felicidad que produce la boda inminente de un hijo; perdura desde el momento en que se nos notifica, durante los preparativos y la ceremonia y puede hacerlo aún durante la luna de miel pero con el tiempo desaparece y si bien podemos seguir contentos porque se haya casado, ya no nos produce ese sentimiento tan particular.
Hay otros sentimientos como el de estar en armonía con la vida que pueden perdurar indefinidamente, desaparecer durante crisis para reaparecer espontáneamente una vez que la crisis ha pasado.
Existen, entre otros, sentimientos de fortaleza, de debilidad, de vergüenza, de timidez. Hay, además, sentimientos de paz, de pena. En éste último podríamos intercambiar, con el mismo significado el sentimiento de tristeza y de dolor no físico. Los sentimientos de pena suelen ser, por naturaleza, más persistentes que los de felicidad.
Nosotros no podemos ser en el mundo sin un estado de sentimiento determinado. Heidegger ha dicho que aún el no sentir nada por nadie, como se dice vulgarmente el “no tener miramientos para nadie” es un estado de sentimiento caracterizado precisamente por “un no tener miramientos para nadie”. Esto adquiere importancia al darnos cuenta que un sentimiento no puede desaparecer sino es reemplazado por otro.
Es aquí, entonces, donde adquiere pleno significado el decir que para eliminar la oscuridad sólo hay que dejar entrar la luz.
(Del Mensaje d Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos: En “La Ayuda Mutua como factor de renovación cultural, moral y social”)
El amor y el odio, pasiones que engrandecen o disminuyen
Entrando en el terreno del análisis de las pasiones, nos hemos de referir al amor y al odio.
El odio, como las emociones, tampoco puede ser decidido por nosotros, nunca tomamos la decisión de odiar a algo o alguien. El odio parece, apoderarse de nosotros en una manera similar a como lo hace la ira. Sin embargo, la manera en que se apodera de nosotros es esencialmente diferente.
El odio también puede explotar bruscamente, pero sólo porque ya se ha apoderado de nosotros, porque ha estado creciendo dentro de nosotros por un tiempo y porque lo hemos nutrido, lo hemos cultivado, de la manera que puede ser cultivado algo que ya está ahí y está vivo.
Por lo contrario, a diferencia de las emociones, nunca decimos, pensamos o creemos que hemos cultivado nuestra ira.
A raíz de que el odio se mueve muy profundo en nuestro ser, tiene una fuerza adhesiva. El odio proporciona cohesión y persistencia a nuestro ser. El odio, a diferencia de la ira, una vez que nos toma no desaparece espontáneamente, sino que germina, crece, se solidifica, cavando su camino hacia adentro y consumiendo nuestro mismo ser.
Pero esta cohesión y persistencia que trae a la existencia, no ciega al hombre como la ira, al contrario, le proporciona visión y premeditación.
El que odia nunca es ciego, es sagaz y malicioso. Sólo la ira es ciega.
Tampoco el amor nunca es ciego: es perspicaz. Sólo el engreimiento o vanidad es ciego, débil y susceptible, como que es una emoción y no una pasión.
Una pasión es aquello a través de lo que, y por lo cual, tomamos comando de nosotros mismos y nos volvemos lúcidos, amos de lo que nos rodea y de nosotros mismos.
Por eso es común ver a seres sufrientes seguir un camino de odio, porque los mantiene vivos, cruelmente vivos, les hace sentir que son, no sólo que existen, sino que se dan cuenta de su existir, que les proporciona una razón, una causa y les da fuerza para seguir viviendo.
Esta realidad la vemos expresada por algunos grupos que buscan justicia para sus familiares víctimas de crímenes.
La gran diferencia entre el odio y el amor es que, siendo ambos fenómenos humanos, mientras el amor nos alimenta, nos nutre, el odio debe ser alimentado y cultivado por nosotros.
En cierta medida, se puede considerar al odio como una pasión interactiva; si bien es cierto que aparece sin que medie nuestra voluntad, es decir, que toma a nuestro ser sin preaviso, también es cierto que necesita de nuestro continuo alimentarlo, de nuestro ser para el odio.
Este aspecto del odio nos ha de ser útil para enfrentarlo y superarlo, pues para ello sólo es necesario un pequeño paso: dejar de alimentarlo voluntariamente, pues sólo subsiste merced a nuestro esfuerzo y nuestra voluntad.
Con el amor sucede lo contrario, no podemos amar ni dejar de hacerlo por nuestra voluntad y, a decir verdad, pareciera que sólo es posible cambiar una gran pasión por otra, en efecto, pareciera que sólo podemos dejar de amar a alguien cuando comenzamos a odiarlo.
Es importante recordar aquí, aunque muy brevemente, que el perdón es una opción de la que dispone el hombre y nunca un sentimiento. En otras palabras, que debemos perdonar para estar bien, y no esperar a estar bien para recién entonces perdonar.
Resumiendo, el amor no sólo nos posee sino que además nos alimenta, nos engrandece, nos hace ser mejores, nos coloca en armonía con la vida, mientras que el odio también nos posee, sólo que al odio debemos alimentarlo, nos disminuye como seres, extrae lo peor de nosotros y nos aparta de la armonía con la vida.
Uno es una gracia, una bendición, el otro, si bien no es buscado, en cuanto a su permanencia, es solamente una elección, nuestra elección.
(Del Mensaje de Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos: En “La Ayuda Mutua como factor de renovación cultural, moral y social”)
El odio, como las emociones, tampoco puede ser decidido por nosotros, nunca tomamos la decisión de odiar a algo o alguien. El odio parece, apoderarse de nosotros en una manera similar a como lo hace la ira. Sin embargo, la manera en que se apodera de nosotros es esencialmente diferente.
El odio también puede explotar bruscamente, pero sólo porque ya se ha apoderado de nosotros, porque ha estado creciendo dentro de nosotros por un tiempo y porque lo hemos nutrido, lo hemos cultivado, de la manera que puede ser cultivado algo que ya está ahí y está vivo.
Por lo contrario, a diferencia de las emociones, nunca decimos, pensamos o creemos que hemos cultivado nuestra ira.
A raíz de que el odio se mueve muy profundo en nuestro ser, tiene una fuerza adhesiva. El odio proporciona cohesión y persistencia a nuestro ser. El odio, a diferencia de la ira, una vez que nos toma no desaparece espontáneamente, sino que germina, crece, se solidifica, cavando su camino hacia adentro y consumiendo nuestro mismo ser.
Pero esta cohesión y persistencia que trae a la existencia, no ciega al hombre como la ira, al contrario, le proporciona visión y premeditación.
El que odia nunca es ciego, es sagaz y malicioso. Sólo la ira es ciega.
Tampoco el amor nunca es ciego: es perspicaz. Sólo el engreimiento o vanidad es ciego, débil y susceptible, como que es una emoción y no una pasión.
Una pasión es aquello a través de lo que, y por lo cual, tomamos comando de nosotros mismos y nos volvemos lúcidos, amos de lo que nos rodea y de nosotros mismos.
Por eso es común ver a seres sufrientes seguir un camino de odio, porque los mantiene vivos, cruelmente vivos, les hace sentir que son, no sólo que existen, sino que se dan cuenta de su existir, que les proporciona una razón, una causa y les da fuerza para seguir viviendo.
Esta realidad la vemos expresada por algunos grupos que buscan justicia para sus familiares víctimas de crímenes.
La gran diferencia entre el odio y el amor es que, siendo ambos fenómenos humanos, mientras el amor nos alimenta, nos nutre, el odio debe ser alimentado y cultivado por nosotros.
En cierta medida, se puede considerar al odio como una pasión interactiva; si bien es cierto que aparece sin que medie nuestra voluntad, es decir, que toma a nuestro ser sin preaviso, también es cierto que necesita de nuestro continuo alimentarlo, de nuestro ser para el odio.
Este aspecto del odio nos ha de ser útil para enfrentarlo y superarlo, pues para ello sólo es necesario un pequeño paso: dejar de alimentarlo voluntariamente, pues sólo subsiste merced a nuestro esfuerzo y nuestra voluntad.
Con el amor sucede lo contrario, no podemos amar ni dejar de hacerlo por nuestra voluntad y, a decir verdad, pareciera que sólo es posible cambiar una gran pasión por otra, en efecto, pareciera que sólo podemos dejar de amar a alguien cuando comenzamos a odiarlo.
Es importante recordar aquí, aunque muy brevemente, que el perdón es una opción de la que dispone el hombre y nunca un sentimiento. En otras palabras, que debemos perdonar para estar bien, y no esperar a estar bien para recién entonces perdonar.
Resumiendo, el amor no sólo nos posee sino que además nos alimenta, nos engrandece, nos hace ser mejores, nos coloca en armonía con la vida, mientras que el odio también nos posee, sólo que al odio debemos alimentarlo, nos disminuye como seres, extrae lo peor de nosotros y nos aparta de la armonía con la vida.
Uno es una gracia, una bendición, el otro, si bien no es buscado, en cuanto a su permanencia, es solamente una elección, nuestra elección.
(Del Mensaje de Renacer, sobre emociones, pasiones y sentimientos: En “La Ayuda Mutua como factor de renovación cultural, moral y social”)
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