viernes, 26 de marzo de 2010

Nunca más seremos las mismas personas

“Cuando las circunstancias no pueden ser cambiadas, el sufrimiento le da un nuevo sentido a nuestras vidas, frente a nosotros mismos, frente a nuestros hijos, frente a la comunidad, frente a la vida, frente a la muerte, frente a Dios o como cada uno lo sienta, a partir de ahí, podemos aceptar nuestra vida tal como es y vivirla con coraje, no escapándose de ella, no ocultándose de ella, enfrentándola con valentía.

Al atravesar una conmoción existencial, como es la pérdida de un hijo, no podemos seguir siendo los mismos, algo en nosotros ha cambiado para siempre; la vida se ha invertido como un guante de goma que se saca dando vuelta sobre sí mismo y somos otra persona distinta, nunca más las mismas personas y una vez más tenemos que elegir.

De pronto, al darnos cuenta de esto uno se dice: “tengo que sufrir, no puedo evitarlo”, pero ¿puedo elegir cómo sufrir?

¿Es lo mismo sufrir dignamente, que sufrir miserablemente?

¿Es lo mismo caminar por la vida buscando monedas en el suelo, que caminar con la frente alta? No.

Hay un tiempo de sufrir, pero aun sufriendo, sabemos que podemos sufrir miserablemente o sufrir con dignidad.

Esa es una elección que puedo hacer yo hoy, cuando acabo de enterrar a mi hijo: sufrir con dignidad o sufrir miserablemente.

¿Qué clase de persona vamos a ser?

No quedan más que dos caminos, o soy mejor persona o soy peor persona; si alguien conoce otra posibilidad quisiera que lo diga, no conocemos otras opciones.

¿Voy a dejar que mi dolor maneje el auto de mi vida y vivir como un “zombie” sentado, dejando que mi dolor maneje mi vida?

Entonces se nos plantea el problema de la propia responsabilidad.

¿Qué hago de mi vida de aquí en más?

Siempre será nuestra responsabilidad cómo viviremos nuestra vida, cómo la viviremos cada día.

Cada día me levanto y puedo elegir lo que cada día voy a hacer de mi vida; soy yo quien voy a proponerme llorar, porque el llanto es lo que yo siento por mi hijo, o voy a levantarme con deseos de hacer algo en su homenaje que no sean las lágrimas.

Si uno basa el trayecto de su vida de acá en más en el amor, si cada día de mi vida yo me levanto haciendo ese esfuerzo extraordinario que significa, aún en esos primeros tiempos, de despertarse y saber que me despierto sin mi hijo, pero sabiendo también que por amor a él, y si me quedan otros hijos, también por amor a ellos, yo tengo que ponerme de pie con dignidad.

Tengo que iniciar ese día y cada día de mi vida con proyectos de vida que incluya a otros seres que sufren.

Cuando los padres comienzan a darse cuenta que nunca una persona que ha perdido un hijo volverá a ser la misma, que algo cambia para siempre, es aquí donde Renacer le abre el camino al análisis de la propia existencia.

La respuesta es siempre la misma: el salto hacia nuestra dimensión espiritual, donde encontraremos los recursos necesarios para reinsertarnos en la sociedad a través de una vida productiva y plena de sentido.

Asumamos el desafío y la aventura de ser una nueva persona y elijamos en ese camino entre lo mejor y lo peor, porque podemos decidir, podemos elegir, no somos bebés recién nacidos, comenzamos una nueva vida pero ya con experiencia, ya podemos decir que es el bien, ya podemos decir que es el mal, ya podemos decir que es lo que queremos ser, entonces, a través de esa transformación interior, la muerte de un hijo no va a ser en vano, esos hijos van a ser estrellas fugaces que llegaron a nuestras vidas, nos tocaron, se fueron pero nos transformaron, nos tocaron para cambiarnos, son pocas las veces en que la vida nos da segundas oportunidades.”


Alicia Schneider Berti- Gustavo Berti
gyaberti@calamuchitanet.com.ar




Este es un aporte a la difusión del pensamiento de Renacer, a través de la palabra de los creadores de los Grupos Renacer, Alicia y Gustavo Berti, marzo de 2010.



Ulises, Ana y Enrique

De Renacer Congreso – Montevideo Uruguay, “Por la Esencia de Renacer”

martes, 23 de marzo de 2010

Pacto de Angeles

Había una vez un Angel, que sabía que era todo Luz, que era un Ser Divino.

Siempre estaba rodeado por el infinito amor de Dios. Todos los seres que estaban con él, eran grandiosos y magníficos.

Cada uno era una parte luminosa y vibrante del Todo.

Nuestro Angel vivía en el Absoluto, fuera de la dualidad, de lo relativo. Todo a su alrededor era paz y armonía, belleza y bienestar. Vibraba en la más alta esfera del Puro Amor.

Así, nuestro pequeño Angel, era como una vela encendida en el sol. En medio de la más grandiosa luz (de la que formaba parte), no podía verse ni experimentarse a sí mismo. No podía sentir Quien y qué Realmente Era.

Por eso, Dios con su sabiduría se le acercó y le dijo:

- ¿Sabes querido Angel, qué deberías hacer para satisfacer ese anhelo tuyo?

- ¿Qué, Dios Mío, dime qué debo hacer?- preguntó el Angelito.

- Debes separarte del resto de nosotros- respondió Dios- y luego debes surgir por ti mismo en La Oscuridad.

- ¿Qué es la Oscuridad, Padre?- preguntó otra vez el Angelito.

- Lo que tú No Eres- respondió Dios.

- ¿Pero, cómo haré para experimentarla?- nuevamente preguntó el Angel.

- Deberás viajar al mundo de la materia, y ahí experimentarás envidia, egoísmo, traición, dolor, y muchas emociones más de esa índole. Serás lo que no eres, pero dentro tuyo siempre habrá un impulso para volver a Mi. En ese camino experimentarás la Oscuridad, deseando siempre volver a la Luz.

Y Yo como vivo en ti, disfrutaré de tu viaje, recreando y recorriendo una vez más la Gloria de MI SER a través tuyo.

Tú voluntad será la Mía, pues ejercerás el libre albedrío, y experimentarás muchas y variadas emociones. Recuerda que nunca Mi voluntad será la tuya, tú deberás elegir, manifestarte y crear, tú podrás sentir la maravillosa sensación de Vivir. Serás Divinidad Absoluta experimentándose a sí misma. Y al final del camino te estaré esperando como siempre.- Contestó Dios, amorosamente.


El Angel escuchaba maravillado. Nacía en él un intenso deseo de comenzar el Viaje. El Viaje Infinito hacia la Luz.

- ¿Qué aspecto de la Oscuridad deseas experimentar primero?- preguntó Dios.

- ¿Puedo elegir uno?- respondió el Angel.

- El que desees- afirmó Dios.

- Entonces elijo el Dolor. Experimentar el dolor más intenso en todo mi Ser.

Esto lógicamente provocó un pequeño problema, pues para que nuestro Angel experimentara el dolor debería por lo menos haber otro Angelito, otro Ser Divino que se lo causara. Y todo lo creado por Dios es perfección y amor.

El Angel miró a su alrededor, y no había nadie capaz de hacer tal cosa. No había ningún Alma menos perfecta, menos maravillosa que él.

Sin embargo, entre los muchos Angelitos que escuchaban esta conversación, uno se acercó sonriente y le dijo:

- Yo te ayudaré a que sientas el dolor más profundo que pueda experimentar tú Ser.

- ¿Por qué deseas hacer esto?- preguntó nuestro Angel, que no podía comprender como un ser tan perfecto, deseaba disminuir su vibración al nivel de causar dolor, una emoción de la Oscuridad.

- Muy simple – dijo el Angel Bondadoso- lo haré porque te amo. Además, tú has hecho lo mismo por mí.

- ¿Lo hice?- preguntó el Angel.

- Por supuesto. ¿No lo recuerdas?. Hemos sido Todo de Eso, tú y yo. Hemos sido el Arriba y el Abajo y la Izquierda y la Derecha. Hemos sido el Aquí y el Allí, el Ahora y el Entonces. Hemos sido lo Grande y lo Pequeño, el Hombre y la Mujer. Todos hemos sido el Todo de Eso. Lo hicimos por acuerdo, para que cada uno de nosotros pudiera experimentarse a sí mismo como La Parte Suprema de Dios, porque comprendimos que...

- “En ausencia de eso que No Eres (la oscuridad), Eso Que Eres (la Luz), No es.”

- “En ausencia del frío no puedes sentir calor. En ausencia del dolor no puedes ser feliz, sin eso que llaman mal, la experiencia que llaman bien no puede existir.”

- Si eliges ser una cosa, algo o alguien opuesto a eso tiene que mostrarse en algún lugar en tu universo para hacerlo posible. A eso le llaman Dualidad.

Este ciclo lo hemos hecho y lo estaremos haciendo eternamente. Pero nunca será igual. Similar quizá. Siempre estaremos recreándonos junto al Padre. Ahora, que has nacido nuevamente a un nuevo ciclo de Vida, lo has olvidado todo, para poder disfrutar una vez más de la Eterna Verdad.- comentaba cariñosamente el Angel Bondadoso.

Nuestro Angelito lo escuchaba sorprendido y ansioso, sin entender demasiado.

- Pero antes te pediré una cosa a cambio.- dijo el Angel Bondadoso.

- ¡Cualquier cosa! ¡Cualquier cosa!- respondió nuestro Angel, entusiasmado al saber, que pronto podría experimentar el dolor.

- En el momento en que Yo te produzca el dolor más intenso que haya sentido tu Ser, por favor recuerda Quien Soy Yo Realmente y Quien Eres Tú.- solicitó amorosamente el Angel Bondadoso.

- ¡Oh, no lo olvidaré!- prometió nuestro Angel- Te veré en la Perfección Divina en la que te tengo ahora, y recordaré Quien Soy. Siempre tendré presente este pacto de Angeles. Nunca olvidaré que la única forma de recrear la Luz es experimentando primero la Oscuridad. Gracias querido Angel por tú servicio.

*

¡Qué así sea!- afirmó el Angel Bondadoso.

Y así fue. En un planeta y en un tiempo, en el mundo de la materia, nuestro Angelito se convirtió en madre y el Angel Bondadoso en su hijo.

Ambos se amaban profundamente, casi como recordando su esencia Divina. La vida era hermosa para ellos. Su relación era un canto al Amor. Pasaron los años, ambos se comprendían y ayudaban, hasta que un día, un oscuro día, ese hijo (nuestro Angel Bondadoso) repentinamente murió. Feliz por haber cumplido con la promesa, se desprendió de su cuerpo físico volviendo a desplegar sus alas.

Mientras tanto, nuestro Angelito (la mamá ahora), experimentaba el dolor más intenso que había soportado su ser.

Expectante, el hijo desde el cielo esperaba que su mamá recordara el pacto que habían hecho. Pero no. El tiempo pasaba y la mamá sufría intensamente. Su cuerpo y su espíritu estaban desgarrados. Su dolor era profundo y persistente. No tenía consuelo. No recordaba el Pacto de Angeles.


Fue así, como el Angel Bondadoso, no soportando más el calvario del Angelito, decidió comunicarse con otro Angel que estaba en ese mismo planeta, y le pidió que escribiera una historia. –Esta Historia- . Donde narrara toda la verdad de lo sucedido, y luego se la leyera a su mamá, para ayudarla a recordar Quien era Ella y porque sentía dolor.

Y eso es lo que estoy haciendo ahora. Y lo que seguiré haciendo hasta que todos aquellos que han olvidado, recuerden los pactos que han hecho.

Me cuentan las voces del futuro que después de leer muchas veces esta historia, todos los Angelitos que habían pactado sentir dolor, recordaron. Pudieron almacenar en su memoria espiritual el dolor, y de esa forma disfrutar la felicidad y la alegría más plena del Amor.

Nuestra mamá y su hijo, separados físicamente ahora, volvieron a sonreír y a sentirse bien.

Cuentan además, que tras leer esta narración, muchos, muchos Angeles comenzaron a recordar todos los pactos que habían hecho entre ellos. Y en ese planeta, chiquito, cuyo nombre se me pierde, hubo más Perdón, Comprensión, Solidaridad, Compasión, Ayuda, Felicidad, Alegría.... en fin más AMOR, mucho, muchísimo más AMOR.

ESTO ES VERDAD. LA VERDAD MÁS ABSOLUTA QUE HAYAS OIDO.

RECUERDEN, SIMPLEMENTE RECUERDEN QUERIDOS ANGELES. PUES A MEDIDA QUE VAYAN RECORDANDO, SE UNIRAN E IRAN VOLVIENDO POCO A POCO A CASA.

EL PADRE LOS ESPERA, COMO SIEMPRE, CON LOS BRAZOS ABIERTOS.

Enviado por Ariel papà de Clarita

La experiencia compartida (autor anónimo)

El viajero tenía sed. Había andado mucho y el sol golpeaba despiadadamente al mediodía. Era joven, resistente y lleno de entusiasmo. Quería ver el mundo y se había lanzado a los caminos para recorrerlo. Ahora, tenía sed.
A un costado del camino vio un pozo y corrió hacia él. Se apoyó en el brocal semiderruido y se inclinó demasiado. El brocal cedió y el viajero cayó al pozo. Había arena en el fondo y sólo tuvo que soportar un buen porrazo sin mayores consecuencias. Miró el círculo de luz muy blanca formado por la boca del pozo seco. Tenía sed, hacia calor y estaba en el fondo del pozo sin saber como salir.
Las paredes eran lisas y húmedas y a simple vista no se veía en ellas salientes o depresiones donde afirmarse para intentar escalarlas hasta la boca. El viajero no hizo un examen muy detenido de su situación ni de sus posibilidades. Sólo sabía que tenía sed y que la boca del pozo no estaba a su alcance. Gritó pidiendo auxilio. Cuando ya desesperaba de que alguien lo oyera, en el borde del pozo apareció una cabeza.
-Por favor, sáqueme de aquí, pidió a gritos el viajero.
-No se como hacerlo, dijo el desconocido asomado al borde. Sería necesaria una cuerda y no la tengo. Tendría que retroceder varios kilómetros para procurarla y no tengo tiempo, concluyó.
El viajero no podía creer lo que oía.
-No puede usted, dejarme aquí, dijo con desesperación. Me moriré de sed.
-Lo lamento, dijo el de arriba. No puedo perder tiempo. Tengo cosas importante que hacer. espere un poco, tenga un poco de paciencia ya vendrá alguien que lo ayudará a salir. Adiós y suerte.
La cabeza desapareció del borde del brocal. El viajero, terriblemente asustado, siguió dando voces en demanda de auxilio.
Y varias veces se repitió la misma escena. Personas que se detenían y que, sin medios para ayudarlos y sin tiempo para procurarlos, concluían alejándose y abandonándolo a su situación.
El viajero pensó que su suerte estaba echada. Nunca podría salir de allí. Nadie lo ayudaría. Se echó en un rincón y permaneció así mucho tiempo, sin saber que hacer. Lo invadió una sensación de absoluta impotencia y soledad. Se sintió agraviado y odió a quienes habían continuado la marcha indiferentes a su desgracia.
Se echó junto al muro, hundió su cabeza entre las manos y se quedó así largo rato. De repente, tuvo un acceso de ira y gritó a todo pulmón.
Una cabeza apareció en el borde del pozo.
-Por favor sáqueme de aquí. No se como salir, dijo el viajero.
-Yo no puedo sacarlo. Sólo puedo guiarlo para que salga, respondió el desconocido asomado al borde.
-Pero no veo cómo podré salir de aquí por mis propios medios, clamó el viajero.
-Siga usted mis instrucciones y ya verá, dijo el desconocido. En primer lugar – agregó – ubíquese en el centro del pozo, exactamente de frente a donde vea aparecer mi cabeza en el borde. Luego recorra con su mano la pared hasta encontrar, a una altura de unos dos metros, una saliente difícil de ver a simple vista. A partir de ella, hasta la boca del pozo, hay una sucesión de salientes que están separadas por unos treinta centímetros una de otra.
Efectivamente, el viajero siguió las instrucciones del desconocido y halló la primera saliente, que no había notado antes en la semioscuridad, atemperada ahora por el sol del mediodía.
-La hallé, gritó jubiloso.
-Bien, ahora apoye usted su espalda en el muro frente a la saliente y sus piernas en el muro de enfrente de usted y trate de ir escalando.
Una vez que alcance la primera saliente todo será más fácil.
Desde arriba, el desconocido lo alentaba. Había llegado hasta la mitad del recorrido cuando la última saliente, repentinamente cedió. Su precaria postura se desbarató. Se sintió caer nuevamente, pero por fortuna alcanzó el fondo de pié.
El desconocido le dijo, con voz serena:
-Manténgase tranquilo. La próxima vez lo logrará.
Si está agotado, descanse, y luego, inténtelo nuevamente.
El viajero no supo porque, pero la voz del desconocido lo tranquilizó y su frustración por la caída no fue tanta. Descansó un momento y volvió a intentar. Esta vez pudo llegar al borde del pozo y salir nuevamente a la luz del día. Se sintió contento. Lo había logrado.
Agradeció al desconocido que le dio de beber de su bota. Luego, mientras compartían un almuerzo frugal, el viajero decidió averiguar - en verdad era algo que lo intrigaba mucho – como su salvador conocía tan bien la configuración del pozo.
Se lo pregunto y obtuvo esta respuesta.
-He podido ayudarlo porque una vez, yo también caí dentro de ese pozo. Y también fui presa de la soledad, el miedo y la impotencia. Grité y muchos llegaron atraídos por mis voces, pero nadie pudo o quiso ayudarme, bien porque no tenían medios o bien porque no podían procurarlos, a riesgo de comprometer sus propios negocios, volviendo sobre sus pasos para buscarlos. Fui victima del desaliento y la ira. Maldije mi suerte y el egoísmo de quienes siguieron sus caminos indiferentes o no quisieron comprometer sus intereses para auxiliarme.
Pero dentro del pozo, tuve tiempo para todo. También para apaciguarme y buscar con serenidad un modo de salir. Así encontré la primera saliente, busqué una forma de aprovechar mejor mis fuerzas para alcanzarla. Yo también debí esperar que el sol perpendicular al brocal del mediodía, iluminara suficientemente el interior del pozo y me permitiera observar el muro minuciosamente.
Hay distintos momentos.
En algunos se ve con claridad mayor que otros, no siempre hay luz.
Y cuando llega hay que aprovecharla. Así pude descubrir que a la primera saliente sucedía otra, en consecuencia, hasta el brocal. Intenté a llegar a ellas de un modo directo, a los saltos, de nada me sirvió.
Una vez más, tuve que serenarme y meditar. Caí en la cuenta de que debía encontrar una forma de aprovechar del mejor modo posible mis fuerzas.
-Así comprendí que al apoyar mi espalda en un lado del pozo y mis pies en el otro, poco a poco, podría empujar hasta alcanzar la primera saliente y luego otra y otra hasta la salida. Y no me caí solo una vez, sino varias en el intento. Pero, finalmente lo conseguí.
-Fantástico – exclamó el viajero – que haya podido dominar sin ayuda el pánico idear un método y aplicarlo hasta poder salir.
El desconocido sonrió con cierta picardía: “el truco consiste, justamente, en que no lo hice sólo. Alguien me guió. Alguien que como usted y como yo, había caído al pozo antes que nosotros. El compartió su experiencia conmigo y yo con usted. Y quien sabe si alguna vez otro caiga en ese mismo pozo y a usted le toque compartir su experiencia con él y facilitarle las cosas para que, con su ayuda y el esfuerzo propio consiga, apoyándose en las salientes del muro salir de su prisión”.

lunes, 22 de marzo de 2010

Dr. Bianchi San Justo 30 agosto 2008 (f

Dr. Bianchi.- Buen día a todos.

Hay muchos padres con quienes ya nos conocemos; en algún lugar me han escuchado. Por eso, cuando tengo que hablar, tengo miedo de aburrirlos porque seguramente voy a reiterar conceptos que ya tengo internalizados.

El presentador está fantástico; viene de trabajar 12 horas y está como nuevo. Yo, en cambio, estoy todo roto. (Risas). Estuve tomando antibióticos por la alergia. Igual, vamos a charlar un poco.

Hoy se conmemoran 14 años de este grupo de San Justo. Conmemorar la existencia de un grupo es siempre una buena noticia porque seguramente muchos de los integrantes de estos grupos se han beneficiado al transitar un tiempo por estas reuniones.
Este tiempo es un tiempo interno, como el duelo, que responde a un tiempo interno y no cronológico. Hay quienes permanecen más tiempo en un grupo, o menos tiempo. Pero no me cabe ninguna duda de que la permanencia en el grupo ayuda. En todos los grupos de ayuda mutua pasa lo mismo.
Renacer y, en general, todos los grupos de ayuda mutua para padres que perdieron hijos, tienen características especiales, distintas a los grupos de ayuda mutua que han precedido a Renacer. Ustedes saben que todos estos grupos han tomado, en cierto modo, el esquema referencial de Alcohólicos Anónimos, uno de los primeros grupos de ayuda mutua que se instalaron hace ya mucho tiempo. En Norteamérica hay un grupo, Amigos Compasivos, que es muy antiguo. Actualmente, en todo el mundo hay muchísimos grupos de ayuda mutua para poder resolver adicciones, por ejemplo, o para poder sobrellevar patologías.

Pero Renacer es distinto porque nosotros no nos reunimos para superar una adicción, ni tampoco para sobrellevar una patología, dado que la pérdida de un hijo –y ésta es una premisa importante– no es una patología, no es una enfermedad, sino que se trata de una crisis existencial. Y, como no es una enfermedad, la ciencia no tiene la respuesta para ese dolor que se escribe con mayúsculas, que es el DOLOR que produce la pérdida de un hijo.

Dr. Bianchi San Justo 30 agosto 2008 (d

En general, la pérdida de un hijo provoca una crisis existencial. ¿Qué es una crisis existencial? Es el derrumbe epistemológico. Episteme es conocimiento. Es el derrumbe emocional por el que todos hemos pasado.
No importa la teoría, cualquiera de ustedes podría decirme qué es un derrumbe emocional: lo que vivieron ustedes en ese momento, ese día, la primera vez que vieron muerto a su hijo, las primeras veces que tuvieron que transitar el infierno de un velatorio o entierro. Eso es una crisis existencial. ¿Cómo lo refieren las mamás o papás? ¿Qué me dicen?: “Me siento hueco, vacío”; “Mi vida no tiene sentido”; “Sigo viviendo con piloto automático”. Esas son las primeras frases. También dicen: “Hago lo que tengo que hacer, pero nada me importa ni me interesa ni me apasiona”. Ésta es la expresión verbal de una crisis existencial.

Recuerdo cuando viajaba, hace mucho tiempo, a encontrarme con grupos como éstos, aquí, en el país o en otros países, y llevaba mis carpetas con los escritos, para leerlos. Eran carpetas voluminosas. Hoy, toda esa carpeta se reduce a una página. Y yo la traje. Pero es un lío leerla, ponerme los anteojos. ¿Por qué es una página? Porque todo se reduce, en cierto modo, a pocas frases, que son las que tenemos que entender y meter adentro.

Decía que no somos enfermos y, como no somos enfermos, la ciencia no tiene respuestas porque el dolor por la pérdida de un hijo no es un objeto para la ciencia. Y la ciencia, sin objeto, no puede funcionar. Por ejemplo, la nefrología es una ciencia porque existe el riñón. Si no existiera el riñón, no habría nefrología. Pero ¿qué objeto es el dolor
–que se escribe con mayúsculas– por la pérdida de un hijo? No es objeto para la ciencia. Ese DOLOR es objeto para la Ética y no para la ciencia. La ética es una manera de actuar. La ciencia es una manera de conocer.
La ética es una manera de actuar. Nosotros nos reunimos para aprender a actuar. ¿De qué manera? A dar una respuesta a esa enorme pregunta que el destino –o Dios– nos ha hecho al llevarnos a un hijo. Claro que al principio estamos muy confundidos. Es cuando me dicen: “estoy vacío” o “hueco”, o “no quiero vivir”.
En realidad, al principio, uno se llena de preguntas: “¿Por qué a mí?”, “¿Por qué esta injusticia?”. Uno se llena de preguntas y con el tiempo nos damos cuenta de que esas preguntas no tienen respuestas. Al menos, nadie tiene las respuestas. Nos damos cuenta de que por más que preguntemos, nadie nos devuelve a nuestro hijo.
En realidad, al morir un hijo, está hecha la pregunta y nosotros somos quienes tenemos que dar la respuesta. El duelo es una respuesta.

El duelo es la respuesta emocional normal a toda pérdida significativa. La pérdida de un hijo habitualmente es una pérdida significativa. No es la única. Hay otras pérdidas que son significativas, sin ser la muerte de un hijo: un cónyuge, un hermano, un amigo, etc.
Yo charlo y asisto a otros duelos que configuran pérdidas significativas. Alguien podrá decir: “¿Quién no ha tenido duelos?”. Por supuesto que todos hemos tenido duelos. Desde que nacemos tenemos duelos. Pero no todos los duelos provocan el peso, el derrumbe emocional que provoca la pérdida de un hijo. Hay otros duelos que nos entristecen. Seres queridos, padres, amigos. Producen tristeza, desde luego. Muchas veces, reminiscencias. Pero no provocan una crisis existencial. La pérdida de un hijo sí la produce. Es una experiencia vivencial difícil de hablarla con quien no lo ha pasado. De ahí el sentido curativo que tienen los grupos de ayuda mutua. Porque nos encontramos con gente que pasó por crisis existenciales parecidas a las nuestras. Eso genera un lenguaje común y facilidad para comunicarnos. Ayuda mucho el grupo.

Cuando Martín murió no había grupos de ayuda mutua. No había casi nada. Uno podía hacer terapia, si quería, pero se iba a encontrar con terapeutas que no se han dedicado a eso, o no están capacitados para acompañar duelos.
En Buenos Aires no había grupos. Graciela Canteros trajo la idea de Renacer desde Río Cuarto, donde lo crearon el matrimonio Berti. Graciela fue, viajó y lo trajo. Y creo que un año después de la muerte de Martín formamos ese grupo que Graciela inició.
Éramos veinte padres y madres que nos empezamos a reunir sin saber a ciencia cierta, para qué, pero ahí empezó Renacer Buenos Aires, Renacer Cayetano. Alguien me dijo de la existencia del grupo, de la propuesta de Graciela y empecé a ir.
Me sentí respetado, contenido, aceptado. Y algo cambió en mí. Porque el grupo tiene una cierta magia. Por ejemplo, cuando uno entra a un grupo como éste, lo primero que le pasa es que uno pierde el protagonismo porque uno no es el único que perdió un hijo. Si voy a una reunión social, a lo mejor sí soy el único que perdió un hijo, y lo noto porque me miran y me observan. Se fijan si lloro o si me río. Porque, de alguna manera, la sociedad juzga al doliente. Algunas mamás me dicen: “me invitaron a una fiesta y no sé si ir o no; no sé qué ponerme, porque si me visto de negro, piensan que voy de negro para arruinar la fiesta y si me visto de colorado, van a pensar que me olvidé de mi hijo”.

Al principio tenemos algunas dificultades para relacionarnos con el afuera, con los que no estuvieron en el infierno.
También podría definirse la crisis existencial como “estar en el infierno”. Porque es un infierno. Y el que estuvo en el infierno…
Hace poco, en la televisión hablaba un sobreviviente del Ha Shoá (Holocausto) que estuvo en Auschwitz, en un campo de concentración. Era un hombre grande, por supuesto. El periodista preguntaba cómo se sentía ahora, que había podido salir de Auschwitz. Y él le contestó que el que estuvo en Auschwitz nunca salió, y el que no estuvo en Auschwitz nunca entró. Ésta es la diferencia del que estuvo en el infierno y el que no estuvo; entre el que tuvo la crisis existencial y el que no la tuvo.

La sociedad tiene un conocimiento racional de lo que es perder un hijo. Trata de ayudarnos. Ustedes vieron cómo la gente trata de ayudarnos a su manera –que a veces no es la manera más apropiada– y a nosotros no nos sirve demasiado. Ustedes saben que hay quien no sabe qué decirnos y que también hay algunos que se cruzan de vereda para no saludarnos. También pasa que algunos papás han conseguido una relación mucho más fuerte con gente que no era conocida, y de la que uno esperaba menos.
Con el duelo pasa esto. Uno tiene expectativas de que va a recibir mucho de personas que después no pueden dar tanto. Y a lo mejor, se extraña de que recibe mucho de personas que no esperaba que le dieran tanto. Esto tiene que ver con la sensibilidad y con la espiritualidad de cada uno. Esa espiritualidad que no es patrimonio de ningún sistema de creencias religiosas, también los agnósticos pueden ser espirituales.

Dr. Bianchi San Justo 30 agosto 2008 (c

Volviendo a lo dicho anteriormente, el duelo es la respuesta emocional normal frente a toda pérdida significativa. Es la respuesta que damos. Esa respuesta es siempre activa. El duelo es un proceso activo. ¿Qué quiere decir esto?: que depende de nuestra actividad, de lo que nosotros hagamos. Nosotros sabemos que no podemos cruzarnos de brazos y esperar que el tiempo todo lo resuelva. No podemos porque el duelo tiene un tiempo que es interno y no cronológico. No es un post operatorio, que a los 7 días nos sacan los puntos y a los 15 días caminamos. El duelo no es un post operatorio. No responde a un tiempo cronológico. ¿Por qué, si a todos les pasó un año, por qué están distintos? Es de acuerdo a lo que hicieron cada una de las personas. Están distintos porque cada uno dio una respuesta activa y personal.
El duelo es una respuesta comprometida, responsable, solidaria, digna y libre. Yo le pongo todas esas palabras a la definición de duelo.
Comprometido y responsable… ¿con quién?: con los hijos muertos, con quienes murieron.
Yo digo: “murieron”; otros dicen: “se fue”, “partió”. Yo digo “murieron”. Y me parece prudente decir que murieron, porque el duelo no comienza como proceso si no hay una aceptación de la irreversibilidad de los hechos y de la muerte física de su hijo. El duelo comienza desde la imagen de que el hijo es inexistente. No existe más físicamente. Tenemos que separarnos de la idea del desaparecido, porque el desaparecido puede reaparecer.
Un duelo digno no es un duelo lloroso y sufriente, que vive pidiendo limosna de afecto.
Un duelo ególatra es aquél por el que transitan los que no pueden salir de su sufrimiento; entonces lleva trabajo hacer el egocidio. “Al vinal, acá yo pierdo protagonismo”, dice el ególatra. Pero todos estamos en lo mismo. Eso ayuda a hacer el egocidio.
Después de llorar mucho, después de vomitar todo ese desgarro emocional, finalmente puedo levantar la vista y verlos a todos, y ver que ustedes también perdieron a sus hijos. Esto es trascender el dolor, hacer el egocidio. Por ustedes, que en un principio me acercaron un vaso de agua, bueno, ahora yo puedo acercarles un vaso de agua a ustedes y a otros padres. Eso es el egocidio: trascender al dolor.

Los Berti se apoyan en la Logoterapia. El padre de la Logoterapia es Víktor Frankl. “El destino a todos nos hace preguntas, a algunos nos hace preguntas más difíciles que a otros, pero la lucha no es tan despareja como parece, porque a todos les da posibilidades de responder”. Entonces, ahí estamos nosotros: buscando respuestas.
“El hombre que se levanta de su dolor para ayudar a los demás, trasciende como ser humano”. Víktor Frankl

Esto es lo que pienso como trascendencia del dolor: egocidio.

No puedo poner a mi hijo detrás de mí, que tire para atrás, porque no me deja caminar. Mi hijo tiene que estar al lado mío, adentro mío, compartiendo mi proyecto de vida, y no limitándolo. Repito: compartiendo mi proyecto de vida. De otro modo, yo viviría en el pasado; con la fantasía de no perder a mi hijo, vivo en el pasado porque mi hijo quedó en el pasado. Hay madres y padres que, por no perder a ese hijo, se quedaron viviendo en el pasado.

Es necesario asumir el compromiso de sostener el vínculo amoroso que tuvimos con nuestro hijo. Nuestro hijo no puede ayudarnos ni a que lo recordemos ni a que lo olvidemos. Somos nosotros los que tenemos que sostener el vínculo amoroso que tuvimos con nuestro hijo y llevarlo con nosotros, al lado nuestro, acompañando nuestro proyecto de vida. Y en ese proyecto de vida no tenemos duda de que están nuestros hijos.

Nadie es igual después de perder un hijo.

El grupo no tiene la respuesta.

Extrañamiento: todo es extraño después de la muerte de mi hijo y yo soy extraño a mí mismo. Debo ser consciente de ese extrañamiento, porque si tomo decisiones de acuerdo a lo que era antes, me voy a equivocar, ya que ya no soy el que era. Debo ser consciente de ese extrañamiento, tengo que elegir caminos, generar un proyecto de vida que incluya el recuerdo cariñoso de mi hijo y que le dé sentido a mi vida.

No me cabe duda de que el sentido que tiene mi vida me lo dio Martín cuando murió. Él le puso sentido a mi vida. En este caso, más que ninguno. El sentido de mi vida está relacionado con la muerte de Martín. Yo quiero a mis otros dos hijos vivos, pero no inciden tanto como incidió la muerte de Martín y como hubiese incidido la muerte de cualquiera de mis otros hijos.

El hijo que muere es único.

Tenemos que cuidarnos de no empeorar las cosas.

Dr. Bianchi San Justo 30 agosto 2008 (b

Una mamá me decía: “no hay mal que no pueda empeorar”. Y una vez escuché una frase parecida, que es: “más vale perder que mal perder”.
A veces el destino nos puede golpear otra vez y desde luego que en ese caso, empeoraría. Cuando esa mamá me dijo esto, entendí que nosotros somos los que tenemos que tratar de que el mal no empeore, porque nuestras conductas pueden hacer que el mal empeore. Si yo desatiendo mis hijos vivos porque estoy en la sacralización del hijo muerto, estoy empeorando las cosas. Si me distancio de mi pareja, empeoro las cosas. El mal empeora por mi culpa.
Ustedes tienen que evitar que el mal empeore con actitudes. Una reunión como ésta, es una reunión que tiene que apuntar a la vida y no a la muerte.
Yo puedo decir: “qué lástima que en vida de Martín yo no le di dos o tres besos más o no lo abracé; o, a lo mejor, no le dije con todas las letras que lo quería”, o “alguna vez le negué algo”. Yo reflexiono con estas cosas y me disculpo con Martín. Me disculpo con él. Pero también lo disculpo a él conmigo, porque algunas veces yo también quise que él estuviera conmigo y no estuvo.
Martín y yo creamos una relación imperfecta. Con ustedes pasó lo mismo. ¿Por qué? Porque no somos perfectos. Las culpas, que a veces nos pueden molestar, en realidad, son errores en el camino de aprendizaje. Estamos aprendiendo, y nos equivocamos. Con Martín tuvimos una relación amorosa; hermosa relación, pero imperfecta.
Está bueno aprender a disculpar a nuestros hijos y a disculparnos nosotros.

Entre las tantas cosas que un hijo muerto nos enseña, cuando digo: “¿por qué no le di algunos besos más?, ¿por qué postergué? La postergación es una conducta peligrosa en la vida, porque lo que postergué con Martín no lo puedo reponer, pero si estoy postergando con mis hijos vivos, con mi pareja, con mi familia y amigos, con ellos sí puedo resolverlo.
Entonces, evitemos la postergación y dediquémonos también a querer a nuestros vínculos vivos y digámosles todo lo que sentimos por ellos. No posterguemos.
Cuando nos acordamos del hijo muerto es como que Martín dijera: “Ahora, viejo, no postergues con Carlos o Valeria. No postergues”.
Les insisto: ésta es una reunión que apunta a la vida. No dejen de querer a los vínculos vivos. Ningún hijo muerto les está diciendo que dejen de querer a sus hijos vivos.

Algunos papás creen que ostentar el sufrimiento es un signo de lealtad y fidelidad al hijo muerto. Pero es al revés. La carta que el hijo nos escribiría es totalmente distinta. En ella nos diría: “subite a la vida”, como él lo estaba. “No te olvides de mí, pero tampoco te olvides de querer a los vivos”. “Viví”. “Tené un proyecto de vida”.
Nuestro hijo sabe que está dentro de nosotros.
A las mamás que escribieron la carta, les ayudó a modificar su duelo, a hacer un duelo menos sufriente.
No es necesario que nos autoflagelemos. ¿Para qué? Si el sufrimiento ya está instalado.

El duelo está lleno de primeras veces y es un camino empedrado, con subidas y bajadas. El duelo no termina. En mi caso, en octubre harán 18 años que murió Martín y yo estoy de duelo. El duelo es un sentimiento permanente y tenemos que tratar de evitar que sea un sufrimiento permanente. Martín no querría que yo sufriera permanentemente.
Yo estuve en Renacer el tiempo que corresponde a mi tiempo interno de duelo.

En el pasado están los recuerdos, en el futuro está la esperanza. El presente lo tenemos que construir nosotros. No podemos construir un presente sin el pasado y sin el futuro. Viajemos con esperanza, viajemos con ellos.

La muerte no es ausencia; es una presencia distinta. Uno debe ponerse en un lugar y relacionarse con él.

(A una mamá):
Esto de la carta sería interesante si la pudieras escribir.
Yo dialogo mucho con mi hijo. Dialogo con él cuando tengo alguna duda; cuando no sé si hacer o no hacer algo. Es como si yo le consultara qué hacer.
Alguna mamá me dice: “Pero yo no puedo saber lo que me va a decir”. Pero sí, lo tenés que saber. Porque si no lo sabés, no lo conocías a tu hijo. Y dudo que no conocieras a tu hijo.
Yo dialogo con Martín, le pregunto.

Utilizá estos ejercicios. Tu hijo es capaz de dibujarte una sonrisa en la cara.

Tenemos que darnos permisos. Es muy importante darnos permisos. El duelo como respuesta consiste en darnos permisos para subirnos otra vez a la vida sin culpas, porque eso es lo que nuestro hijo hubiese querido.

En el duelo pasamos horas de tristeza, horas de rabia y horas de serenidad.
Apoyémonos en los momentos felices compartidos, en expectativas felices –para los papás que perdieron bebés o embarazos–, apoyémonos en eso.
Jospeh Conrad dice: “la memoria del corazón atesora los buenos recuerdos y desgasta los malos, como una manera de sobrevivir”.
No podríamos vivir si atesoramos sólo los malos momentos.

El tiempo es neutral; no pone ni quita. Es lo que vos hagas en el tiempo lo que va a determinar tu avance. Pero con el tiempo me di cuenta de que el tiempo también hace lo suyo. Porque no es lo mismo que haya pasado un día a que hayan pasado 10 años.

Uno desgasta los malos recuerdos y atesora los buenos.